Una de las paradojas de mi vida es que, aunque resuelvo que da gusto, no me apaño nada bien. ¿Comorl? A ver, por una parte, suelo crecerme ante los desafíos, sobre todo si implican ir contra corriente y requieren un punto de rebeldía y descaro. Como mantiene la mitología de mi pueblo, que encuentra portavoces en las señoras haciendo cola en la panadería, "es que no se le pone nada por delante". Por otra parte, continuamente se me echa el tiempo encima y se me amontonan las tareas sencillas que cualquier hijo de vecino quita de en medio sin darle mayor importancia. Este rasgo de mi personalidad es, como mínimo, un coñazo.
En ocasiones, me da disgustos. Sin ir más lejos, la compra del supermercado de esta semana corría prisa desde el lunes. No es ésta una actividad cansada. De hecho, ni siquiera se puede considerar una actividad, al menos no en su dimensión física, ya que compro por internet y un pedazo de hombre fornido me lo trae todo en cajas que deja apiladas al lado de la nevera (es la cara amiga del capitalismo). En fin, pues pasó el lunes y el martes y el miércoles y el jueves y el viernes sin que yo viera a bien dar cuatro clicks al ratón.
Lástima ser una colgada. Me hubiese ahorrado el mal rollo de una despensa vacía en mitad de una ventisca y me hubiese ahorrado el disgusto de no hacer el pedido número 2 millones, por el que FreshDirect me hubiese recompensado con un año de comida gratis y una comilona para 24 invitados. Mecachis.
Ya lo decía mi madre: Dios castiga sin palo ni piedra.